martes, 14 de mayo de 2019

Terapia


Salgo a correr por la mañana, veo a otras personas haciendo lo mismo y me pregunto para qué corren. Puedo a simple vista especular: corren para estar saludables, para adelgazar, porque se los dijo el médico, para despejarse, para competir. No lo sé realmente.
Yo corro para llorar, para gritar esta mierda que me carcome y me da fiebre de noche. Corro con lágrimas en los ojos que quieren estallar; por esta energía que me desborda que si no la convierto en acción va a terminar por empujarme al abismo. Corro para escaparme de mis miserias, para que éste cuerpo mortal se canse de hacerme la guerra y me haga el amor.
Corro porque puedo, porque quiero romper y arrancarme ésta piel que me estorba, me aísla y me anula.
Todos corremos por algo que nos moviliza a estar tan temprano en la plaza compartiendo (y no) un espacio. Pero de todos los que corremos, el más capo, el que realmente la tiene clara es el abuelo que camina a destiempo y en sentido contrario. Con cierta satisfacción al romper las filas de gente, que explotan como si fueran olas hacía los lados para dejarlo pasar. Yo lo miro y me sonrío entre tanta lágrima mientras pienso: Usted señor, entendió todo!

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