Gabriela tiene una depresión
tremenda, de esas que te dejan por días en cama. A veces se levanta y pone
la pava, se toma dos mates y se vuelve a acostar. Habla muy poco pero escucha, ¡y
qué bien que escucha!. Escucha a los vecinos comentar lo mala madre que ha
sido, escucha a sus familiares golpear la puerta y protestar porque no les
abre. Escucha a Sofía, su hija, que todo el tiempo repite: ¡Mamá, mamá!. Mamá esto y mamá lo otro.
Gabriela va a la cocina y ahí
está Sofía: ¡Mami tengo hambre!, va al dormitorio y ahí está Sofía: ¡Mami vení
acostate a ver la tele conmigo!. Va al comedor y ahí está Sofía gritando,
desparramando los juguetes como nunca.
-¡Basta Sofi! –piensa- quiero que
te calles!.
Ma…
Tengo hambre.
Tengo frío.
Tengo sueño
¿Qué vestido me pongo?
¿Por qué no puedo salir afuera?
¡Má, mamá, mamiiii! –grita Sofía con
ese tono agotador que usan los nenes cuando no pueden más del capricho-
Má mirame. Mirame como doy
vueltas.
-BASTA SOFIA! DEJAME DORMIR
–piensa y se da vuelta en la cama mientras Sofía no deja de gritar—
¡Mirá mamá! Puedo hacer la medialuna…
ups me caí. ¡Mirá, mirá! ahora sí me sale.
-¡Basta Sofía déjame dormir! Basta Sofi, basta. Quiero cerrar
los ojos no más. Ok?
Y así infinitas veces durante un
día. La depresión la está consumiendo, se le notan los huesos y las ojeras. La
casa es pura mugre y cada vez que cierra los ojos piensa en Sofía jugando, en
Sofía saltando, llorando, gritando y riendo también. Piensa en los vecinos, en lo
mala madre que ha sido o dicen que es. Y aunque ella también lo piensa, cuando
lo dicen los otros suena más cruel. Es tan desgarrador que no lo soporta.
-¡Hice
todo mal! –se dice así misma y aprieta los dientes—
Cuando toma coraje se asoma al
patio y Sofía está ahí, aunque le dijo mil veces que no, que no salga porque
afuera hay barro.
-¿Hija qué hacés ahí? – piensa resignada—
Sofi entra a la casa y se sube a
la cama con los pies llenos de barro, no
para de saltar. Gabriela se ríe para no llorar y se ríen las dos.
-¿Estás loca vos? ¡Basta …
ensuciaste todo Sofi! te vas a caer. Dale, déjame dormir. Hace mucho que no
duermo… deberías dormir vos también ¿no?.
Gabriela no puede más, es tan
pesada la vida últimamente. Muchos ruidos y voces que no se apagan la están
volviendo loca. Dicen que la pena te transforma, pero en realidad te corroe
poco a poco de la forma más dolorosa que exista. Te transforma sí, en un
despojo de lo que fuera vida.
Sofía no se va de la casa, está
en todas partes y a la misma vez, y la
única forma de no verla ni escucharla es durmiendo pero últimamente no puede
dormir.
El dolor que siente Gabriela es
eterno, no puede desactivar la bomba que siente en el pecho cada vez que
intenta descansar y sabe que en cualquier momento va a explotar.
Se está muriendo en vida,
abandonada pensando que se lo merece. Le hace caso a todos esos dedos
acusadores que se levantan en su contra, porque por supuesto en “casos así”
nunca jamás una mano tendida de auxilio se hace notar.
Ella es "la mala madre" que
dejó salir a Sofía a la vereda, es "la mala madre" que se dio cuenta 5 min
después que no estaba por ningún lugar. Es la representación de las pesadillas
de todas las madres del mundo y la odian, y se odia. Nadie culpa a nadie más. Así de injusto es todo.
- Bueno Sofi ya está – le dice mientras
se toma lo que queda de pastillas en el frasco y otras más que andaban dando
vuelta por la casa- ahora sí, me duermo del todo Sofi, pero vos vení y dormite
conmigo bebé.
Abraza la campera de Sofía,
todavía salpicada con barro y se duerme eternamente en medio de un
catastrófico final que no merece. Mientras su cuerpo colapsa de la peor forma, su
alma se va ahí, a ese lugar dónde el “mala madre” no puede ser escuchado. Dónde
Sofi todavía salta en el charco y se ríen las dos.
Maravillosa y profunda forma de escribir, soy tu fan numero uno .Te amo
ResponderEliminary yo <3
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