A lo que más
le temía Nayla era a lo que podía llegar a pasar si un día volviendo tarde del
trabajo alguien intentaba hacerle algo. No tenía opciones a la hora de volver a
casa y debía pasar por el borde de un predio lleno de árboles que parecía
interminable. Los días de verano no se sentía tan asustada, siempre había dos o
tres personas caminando junto a ella, incluso a lo lejos podía escuchar voces y
música que le daban cierta paz al pensar que no estaba sola. Que lo peor no
podría suceder. Sabía que podía equivocarse pero prefería pensar que el verano
le daba tregua.
El invierno
era otra cosa, era espeluznante. Las calles en general estaban desiertas y la
sensación de desprotección se multiplicaba por mil.
Una noche
en particular al volver casi trotando por ese tramo, sintió como sus miedos más
profundos se hacían realidad, frenó un auto a unos escasos metros y un tipo
mediano pero robusto bajó apresuradamente para tomarla por la espalda e
intentar arrastrarla al auto mientras dos más miraban impacientes por la presa.
Nayla sintió
que se le enchinaba la piel, ya no podía controlar sus instintos, el miedo era
la llave que abría la jaula. En un instante junto con lo que su sangre hervía su
cuerpo se tornó dos veces más grande, arqueando la espalda como una bestia, del
cuerpo le brotó un pelaje que hace siglos quería ser visto. Su boca se
transformó en una trampa, grandes y fuertes colmillos le crecieron ante la
vista horrorizada del cazador y de quienes lo acompañaban, que tras quedarse en
shock no podían hacer más que mirar como aquel extraño animal sacudía el cuerpo
ensangrentado del tipo tal y como un perro con una pilcha vieja.
Llena de
sangre largó un aullido aterrador, como quién marca territorio, antes de
comenzar a comerse a su presa por el medio. El auto a lo lejos arrancó, entre
gritos colapsados y neblina. Habían visto suficiente.
Nayla sabía
que ya no podría volver a su forma humana, pero no importaba, ella y el miedo
serían uno por siempre. Y lo usaría, sí que lo usaría, había mucho por comer.
Se internó
en el campo pensando en que siempre había oído la historia del cazador cazado y
le encantaba la idea, pero que nunca había imaginado lo bonito que era vivirla.
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