lunes, 1 de julio de 2019

Mala madre


 

Gabriela tiene una depresión tremenda, de esas que te dejan por días en cama. A veces se levanta y pone la pava, se toma dos mates y se vuelve a acostar. Habla muy poco pero escucha, ¡y qué bien que escucha!. Escucha a los vecinos comentar lo mala madre que ha sido, escucha a sus familiares golpear la puerta y protestar porque no les abre. Escucha a Sofía, su hija, que todo el tiempo repite: ¡Mamá, mamá!. Mamá esto y mamá lo otro.

Gabriela va a la cocina y ahí está Sofía: ¡Mami tengo hambre!, va al dormitorio y ahí está Sofía: ¡Mami vení acostate a ver la tele conmigo!. Va al comedor y ahí está Sofía gritando, desparramando los juguetes como nunca.

-¡Basta Sofi! –piensa- quiero que te calles!.

Ma…
Tengo hambre.
Tengo frío.
Tengo sueño
¿Qué vestido me pongo?
¿Por qué no puedo salir afuera?
¡Má, mamá, mamiiii! –grita Sofía con ese tono agotador que usan los nenes cuando no pueden más del capricho-
Má mirame. Mirame como doy vueltas.


-BASTA SOFIA! DEJAME DORMIR –piensa y se da vuelta en la cama mientras Sofía no deja de gritar—

¡Mirá mamá! Puedo hacer la medialuna… ups me caí. ¡Mirá, mirá! ahora sí me sale.  

-¡Basta Sofía déjame dormir! Basta Sofi, basta. Quiero cerrar los ojos no más. Ok?

Y así infinitas veces durante un día. La depresión la está consumiendo, se le notan los huesos y las ojeras. La casa es pura mugre y cada vez que cierra los ojos piensa en Sofía jugando, en Sofía saltando, llorando, gritando y riendo también. Piensa en los vecinos, en lo mala madre que ha sido o dicen que es. Y aunque ella también lo piensa, cuando lo dicen los otros suena más cruel. Es tan desgarrador que no lo soporta. 

-¡Hice todo mal! –se dice así misma y aprieta los dientes—

Cuando toma coraje se asoma al patio y Sofía está ahí, aunque le dijo mil veces que no, que no salga porque afuera hay barro.

-¿Hija qué hacés ahí? – piensa resignada—

Sofi entra a la casa y se sube a la cama con los pies llenos de  barro, no para de saltar. Gabriela se ríe para no llorar y se ríen las dos.

-¿Estás loca vos? ¡Basta … ensuciaste todo Sofi! te vas a caer. Dale, déjame dormir. Hace mucho que no duermo… deberías dormir vos también ¿no?.

Gabriela no puede más, es tan pesada la vida últimamente. Muchos ruidos y voces que no se apagan la están volviendo loca. Dicen que la pena te transforma, pero en realidad te corroe poco a poco de la forma más dolorosa que exista. Te transforma sí, en un despojo de lo que fuera vida.

Sofía no se va de la casa, está en todas partes y a la misma vez,  y la única forma de no verla ni escucharla es durmiendo pero últimamente no puede dormir.
El dolor que siente Gabriela es eterno, no puede desactivar la bomba que siente en el pecho cada vez que intenta descansar y sabe que en cualquier momento va a explotar.

Se está muriendo en vida, abandonada pensando que se lo merece. Le hace caso a todos esos dedos acusadores que se levantan en su contra, porque por supuesto en “casos así” nunca jamás una mano tendida de auxilio se hace notar.
Ella es "la mala madre" que dejó salir a Sofía a la vereda, es "la mala madre" que se dio cuenta 5 min después que no estaba por ningún lugar.  Es la representación de las pesadillas de todas las madres del mundo y la odian, y se odia. Nadie culpa a nadie más. Así de injusto es todo.

- Bueno Sofi ya está – le dice mientras se toma lo que queda de pastillas en el frasco y otras más que andaban dando vuelta por la casa- ahora sí, me duermo del todo Sofi, pero vos vení y dormite conmigo bebé.

Abraza la campera de Sofía, todavía salpicada con barro y se duerme eternamente en medio de un catastrófico final que no merece. Mientras su cuerpo colapsa de la peor forma, su alma se va ahí, a ese lugar dónde el “mala madre” no puede ser escuchado. Dónde Sofi todavía salta en el charco y se ríen las dos.


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